sábado, 11 de agosto de 2012

Las preguntas, mi abuelo, el carné de fiestas y un empeño


Nunca tengo dudas de que Nixon, el que fuera presidente de los Estados Unidos, dimitió un mes de agosto. Lo sé porque yo estaba en Boquiñeni y porque aún me veo recortando, otra vez yo con unas tijeras, la carta de dimisión que publicaba el periódico. Recorté la carta y la pegué en un cuaderno. Echo cuentas y debía tener 11 años. Qué hacía yo a los 11 años guardando la carta de dimisión de Nixon, es algo que se me escapa. Pero sí recuerdo ‘el momento’ de recortarla: sentado en la mesa del cuarto bajo de la casa de Tía C, la que estaba junto a la ventana y de la que se divisaba todo lo que pasaba en la calle. Quizá L seguía con sus patrones o ya estaba haciendo un curso de psicología por correspondencia. Los papeles de aquel curso (era, y aún lo soy, rematadamente curioso con cualquier papel cercano de mí) incluían dibujos de caras con diversos gestos; de alegría, de sorpresa, de miedo.
  Quizá era eso, algo parecido al miedo, lo que yo sentía cada vez que alguna mujer, de las que venían a casa a ver a mi abuela, de las que íbamos a ver o de las que nos encontrábamos por la calle, se me acercaba, bajaba la cabeza, me daba un beso, me cogía de los mofletes y me hacía una pregunta a la que sólo me apetecía responder huyendo: “¿Pero sabes que yo también soy tía?”. No fallaba, siempre una carantoña y la dichosa pregunta. Yo siempre respondía que sí; teníamos tanta familia que lo mejor era acabar lo antes posible e ir sobre seguro. Mi abuela tuvo tres hermanas y un hermano y bien podía ser cierto el parentesco. Igual fue aquel agosto de 1974, el mismo año (algunos meses después) en que murió ‘el yayo Pepe’, cuando se presentaron por sorpresa mi padre, mi madre y mi hermana P, a la que aprovecho para dar la bienvenida a mis recuerdos de Boquiñeni. Querían darnos una sorpresa y, un día que llamamos por teléfono, esa vez desde la  vecina la casa del herrero, noté que mi abuela empezaba a hablar en clave. Mi madre le debía estar diciendo que no nos contaran nada de que iban a venir, pero al final descubrí el secreto. Llegaron pocos días antes de San Bartolomé, el santo de mi padre. Lo sé  porque aquel día hubo una gran comida familiar en casa de Tía L. Mi padre llegó a recopilar decenas, decenas y decenas de ‘películas’ con escenas familiares, algunas las pasé a vídeo, cuando se murió, y otras siguen perdidas por ahí. Ya he contado que aunque mi abuela era la figura central de mis veranos en Boquiñeni, muchas de las imágenes no las habría podido retener sin la recopilación de papá. Qué curioso, pero mi padre, mi hermana M y yo mismo hemos grabado, en cine, vídeo o fotos y en épocas diferentes los mismos  recursos, las mismas esquinas y los mismos recuerdos; entre ellos la piedra que ha sobrevivido a todas las reformas de la casa de Tía C y que aún sigue en su puesto pese a que la vivienda sea ya otra.

¿Cómo explicar el significado de esa piedra sobre la que se han sentado varias generaciones a tomar la fresca o el sol, liarse cigarros, meditar o a ver pasar el tiempo? J.F., el hijo del herrero, me dijo hace unos años que me había visto sentado  en esa piedra y que había creído ver a mi abuelo, que también se sentaba allí para pensar en sus cosas. Y me hizo el hombre más feliz del mundo. ‘Eres igual que el Tío Pepe’, me decían siempre de pequeño. Entonces yo estaba más ‘gordico’ y aunque todavía conservo algunos rasgos de mi abuelo , creo que cada vez me parezco más a  mi padre. Saber quién fue exactamente yayo Pepe es algo que me obsesiona. Yo tenía once años cuando se murió pero se me escapa la mayor parte de su historia. Sólo se que era un hombre esencialmente bueno y que parecía tener la paciencia de un santo; creo que nunca le oí enfadado, lo más que hacía era musitar ‘cagüendiez’ y antes de entrar en un conflicto se retiraba discretamente de escena. Supongo que mi abuela siempre llevó la voz cantante en casa y creo, pero eso es una impresión mía que no he comprobado, que mi abuelo aceptaría a regañadientes dejar Boquiñeni para venirse a Palma. Yayo iba siempre con boina, también en Palma, y se desvivía cada vez que alguien del pueblo aparecía por ahí. B me suele recordar siempre en la barra del bar su viaje a Mallorca con la OJE y las atenciones que le dispensó mi abuelo. Era el embajador de cuantos venían a Palma, les esperaba en el aeropuerto, les decía lo que había que hacer en Mallorca y, a la mínima que podía, seguía escapándose a su pueblo. En Boquiñeni, cómo no, yayo también iba en bicicleta. Todo el mundo tenía, y tiene, bicicletas en Boquiñeni. Las de chico llevaban barra, las de chica no. Pero yo cogía indistintamente unas y otras. Lo importante era subir a la bicicleta, darle a los pedales y pasarte horas y horas hasta que te llamaban para comer o cenar: ‘Juanitooo’.

Comer y cenar era un trámite que tenías que pasar para seguir estando en la calle y nunca contabas las horas que quedaban para comer o cenar, sino los minutos que faltaban para volverte a ir. Además, en Boquiñeni, siempre estabas presto a que te hicieran un encargo porque cualquier encargo de los mayores llevaba aparejado coger la bicicleta para cumplirlo: ir a por una barra de pan, llevarle agua a algún tío que estaba en el campo, comprar algo en ‘lo de la B’, ir a por una caja de cerillas... O, en una época, ir a por la leche. Te daban en casa unas lecheras vacías y luego te las llenaban con leche recién ordeñada. De crío , escaparse a Luceni, el pueblo de al lado, eran ya palabras mayores. Estaba prohibidísimo, igual que bañarse en el río ‘porque hay remolinos que se llevan a la gente; además no es como el mar, que siempre sabes cuando tocas fondo’ (te decían) pero, poco a poco, ibas ganando más espacios de libertad y cualquier pequeño acto era una gran aventura, como saltar de un lado a otro de la acequia y contar ‘pareunas’ o descubrir un camino que comunicaba nuestra calle con la que va a la Mejana. Había que doblar, a la derecha, por la casa de la tia (con acento en la a) C, cruzar algunos riegos, casi de perfil, e ibas a parar por cerca de donde ahora está el consultorio médico. O ese es el recuerdo que tengo, que quizá ya no se corresponda con la realidad actual.

Este viaje sentimental se está acabando. Ha pasado una semana desde que volví de Boquiñeni y, con pocas ganas, ya tengo la mirada puesta en lo que me espera a partir del lunes. Pero aún haré un esfuerzo más. Aún me quedan un par de historias (un’ par mallorquín’, que no son necesariamente dos) que recordar. Como el lema aquel de ‘Boquiñeni acogedor’.
“Boquiñeni acogedor” fue el lema de unas  fiestas y lo tengo impreso en una camiseta. Yo conserve durante años (hasta que me robaron la cartera) un carné de la comisión de festejos de Boquiñeni. Aquel año fue el último que mi abuela estuvo en Boquiñeni. No sólo estuvo ‘la yaya’, sino también mi padre, mi madre y hasta mi hermana P , que también se llevó a su novio de entonces. Eran fiestas y ella se vistió de baturra y él de baturro. Con el ‘pañuelico’ y todo. Tengo la sensación de no haber parado un minuto en casa en aquellos días: las peñas, el baile, las comidas a cada momento, las ‘cervecicas’ y lo que se terciara. Haciendo fotos por todo y con mi carné de la comisión de festejos, que me había dado M nada más llegar. Ese carné era mi amuleto y lo llevaba a todas partes. Era mi particular banda de la Virgen del Pilar. Aquella que, según la jota, no quería ser francesa sino capitana de la tropa aragonesa.
El Pilar. También hay que hablar del Pilar. La generación de mi abuela, y también la de mi madre, entendía que no se podía ‘ir a Zaragoza’ sin pasar por el Pilar. “Quise visitar a solas a la Virgen del Pilar, y aunque lo hice a todas horas nunca lo puede lograr” es otra de esas coplas que se me quedaron grabadas de pequeño en la memoria y que recuerdo siempre que vuelvo aquí, como el pilar que hay que besar después de rezar a la Virgen o aquellas dos bombas de la guerra civil que se exhiben en el templo. Antes estaban acompañadas de una leyenda, suprimida tras la llegada de la democracia, en que se indicaba que habían sido arrojadas (obviamente por “los rojos”) contra El Pilar pero que no estallaron “gracias a la mediación de la Virgen”. Había tres formas posibles de llegar a Zaragoza: en tren, desde la estación vecina de Luceni; en coche (en el 4L de papá, las veces que también papá estaba en Boquiñeni o en el coche de ‘la B’ cuando iba buscar género para la tienda) o en el autobús de Agreda, que paraba cerca del la Puerta del Carmen. El autobús partía entonces de la plaza del Ayuntamiento y se detenía en varios municipios. Yo recuerdo su paso, bordeando el río, por Alcalá de Ebro, el lugar donde se sitúa la Ínsula Barataria de la que Don Quijote hizo gobernador a Sancho Panza. Hay una estatua de Sancho Panza en Alcalá de Ebro. Pero no hay ninguna referencia en Boquiñeni a que la antigua barca del Carladero, que la Asociación de Amigos de la Barca de Boquiñeni (Adabar) restauró hace unos años, pudo ser el marco “de la famosa aventura del barco encantado’ que relata Cervantes en el capítulo XXIX  de la segunda parte del Quijote, según las citas de dos viajeros ingleses del siglo XIX. Auguro que uniré esta posibilidad a mi Boquiñeni onírico y me dará ánimos para el encargo que nos hace Labordeta en Me dicen: coger el Ebro y otros ríos y aplacar con sus aguas tantos  estíos para hacer de esta tierra hermosa, dura y salvaje, un hogar y un paisaje. Empeño mi palabra y a Don Quijote pongo por testigo.

1 comentario:

  1. Yo también me acuerdo mucho de esa fiesta del Pilar.Vestido de "baturrico" con la "baturrica" al lado.Y que me dijo que no se casaría conmigo porque, en la Ofrenda la deje sóla y me fuí con los primos a la otra "Iglesia". Me acuerdo bastante a menudo, fueron unos dias inolvidables.Y hasta me tocó un bingo!!!que se creyeron que estaba amañao. Si señor buenos tiempos... Por cierto... a ti te vi bien poco. Saludos Juán, y ya iré visitando tu Blogg.

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