jueves, 9 de agosto de 2012

Los tomates

Bah, déjalo que se joda.
No lo olvidaré. ‘Bah, déjalo que se joda’, o algo muy parecido, fue lo que, refiriéndose a mí, le dijo una mujer a Tío S cuando le explicó que yo era su sobrino y que me gustaba coger tomates. Claro, para mí era la novedad, la distracción ocasional de aquella tarde de verano, la aventura de un chico de la ciudad. Era por la tarde, seguramente Tío S habría ido a dar un repaso a alguna ‘tablica’ tras una cogida anterior. Aquel tomate era ‘de pera’, del que  hay que agacharse, o sentarse, para recogerlo. La clave era esperar a que estuviera bien rojo, a diferencia de lo que pasaba con el que daban las tomateras que se atan con caña y que debía empezar a madurar para echarlo al pozal.
Familias enteras, entre ellas las de mis tíos y primos, se levantaban muy temprano para ir a las tomateras. ‘Sí, ya te llamaré cuando se vayan’, me decía siempre mi abuela la noche anterior. Nunca me llamaba a la primera salida, sino cuando regresaban para ‘almorzar’. Tuvo que pasar algún tiempo para aprender a despertarme yo mismo y cumplir con todo el ritual: la salida con el tractor para enganchar el remolque, cargar luego las cajas en el almacén y desviarse por algún camino que nos llevara al campo de las tomateras. Allí nos repartíamos por ‘palos’ (las hileras de cañas, si no me equivoco) y un pozal, que es como en Aragón llaman al cubo que en catalán es el poal, nos servía para ir dejando los tomates una vez separados suavemente de la tomatera para evitar arrancar el tallo.
Claro, yo me daba cuenta de que, sigilosamente, algún tío o algún primo volvían a andar el tramo que yo había andado antes para ir recuperando los tomates que  había dejado a mi paso. He escrito mis primos pero también mis primas iban a coger tomates. Hombres y mujeres se repartían igual el tajo y siempre había otras mujeres, como podían ser Tía C. y Tía L que, en las casas, lo tenían todo listo para ‘el almuerzo’ que servía para reponer fuerzas y marchar otra vez. Qué rico sabe el almuerzo después de trabajar. No es por ponerme pedante, que es una característica muy mía en ciertos momentos, pero nadie debería comerse un tomate sin saber de qué modo llega a su boca. La primera vez que mi sobrino V, uno de los hijos de M, estuvo en Boquiñeni le dijo todo contento: ‘Mamá, hemos traído melones... y gratis’. Mostraba así, con esa misma fascinación que yo también sentí en su momento, su sorpresa por el descubrimiento del mundo rural. Habrá que ver si con todo lo que está pasando ahí fuera (agotando las vacaciones, aún sigo bajo el síndrome de Boquiñeni y, al igual que Labordeta, voy poniendo sobre mi mesa todas las banderas rotas), algún día tendremos que volver a considerar ese modo de vida y de relación con la tierra. Al menos podré decir que, aunque poco, algo sé. Me he vuelto a ir por la ramas. Siempre me pasa lo mismo cuando agito la coctelera de Boquiñeni.
Estaba cogiendo tomates. Quizá de muy pequeñajo y en el ‘segundo turno’, cuando me calaba una gorra de marinerito con visera; o ,quizá, estuviéramos ya años adelante, cuando me costaba más levantarme. Seguramente, habríamos salido la noche anterior y me dieron un toque en la puerta para que me levantara: ‘que nos vamos’. Quizá aquel día también estaba M, eran finales de los ochenta o principios de los noventa. Igual, hasta estaba su hermano J. M y J se incorporaron algo más tarde a mi mundo paralelo de Boquiñeni. Quizá fuera ese día en que, junto a mi primo S, formamos el equipo principal y , por despiste o imprevisión, dejamos perder varias cajas en el camino de vuelta. Aún me lo recuerdan. Por aquellos tiempos, la noche anterior aguantábamos hasta una hora más que prudencial en el bar y yo iba incorporando, poco a poco, más nombres a mi bolsa de afectos. A R, que se casó con CH el mismo día que A se casó con su hermana L. O a M, que años después se casaría con la otra CH (ya he contado que los nombres se repiten como en Macondo) o a su hermano J. O a los de la General Motors.
Un año me enteré de que en un pueblo próximo a Boquiñeni, en Figueruelas, estaba la factoría de Opel. Los de la Opel, los del campo y ‘los visitantes’ coincidíamos en el bar por la noche y nos intercambiábamos historias. Yo me repetía mucho, aún lo hago. Pero al día siguiente, en las tomateras, parecíamos otros. Nos hubiéramos dicho lo que nos hubiéramos dicho en el bar, hubiésemos reído mucho o poco la noche anterior; en el campo íbamos a lo que había que ir: a coger los tomates. Como aquel dicho, ‘u semos, u no semos’ . Nuestra única licencia era que si nos cruzábamos al volcar sobre las cajas del remolque el contenido de los pozales, nos mirábamos, nos hacíamos un gesto cómplice o repetíamos algún comentario de la noche anterior. Yo supongo que a la gente de Palma le debe costar imaginarme recogiendo tomates. Y no perderé el tiempo en contarles anécdotas, frases o comentarios que sólo éramos capaces de entender quienes estábamos allí (¿Parará papá? Parará, Pachín, Otro tren padre, ¿comemos?) Ni tampoco les hablaré del esfuerzo añadido que suponía caminar por las tomateras cuando el suelo está mojado tras un riego reciente y la tierra húmeda se pegaba en la suela de las alpargatas hasta hacerles duplicar su peso.

Mi hermana me presta estos días recuerdos para este viaje. La mayoría son compartidos, aunque otros los había olvidado. Como el de las campanillas colgadas del techo, tras la puerta, que avisaba de la entrada de gente a la tienda con el letrero ‘Ultramarinos G’. Era uno de los sitios a los que íbamos mi abuela, M y yo, para llamar por teléfono a Palma y hablar con mi madre, mi padre y mi otra hermana. C., la dueña, era una mujer muy simpática que nos daba conversación y alguna galleta o caramelo mientras esperábamos a que nos pusieran ‘la conferencia’. Más pequeña, o al menos así la recordamos estos días, era la tienda de la Tía E, una mujer bajita y vestida de negro, que también nos obsequiaba nada más entrar. M recuerda una máquina con bolas de chiclé de color rojo. Yo, los salazones y, sobre todo, el bacalao que había en uno de los lados del mostrador, sobre un artilugio que servía para cortarlo. Quim y Cati, que trabajan conmigo en Palma, suelen ir a Miravet los veranos y que ya han pasado dos veces por Boquiñeni, no saben que, el otro día, aparcaron el coche justo al lado de donde estaba esa tienda. Mi recuerdo de esas tiendas son de los primeros viajes a Boquiñeni y ninguna de las dos existe ya. La que aguanta, diría yo que si no con el mismo letrero, sí con uno muy parecido, es ‘Novedades B’. Ahora se vende de todo, pero en aquella época era una especie de gran mercería en la que, además, podías comprar ropa. B, a la que (también) llamábamos tía, iba cada tanto a Zaragoza con un 4L, y reponía género. Sí, también ‘maripis’. Los de los ‘maripis’ es otro recuerdo de mi hermana: así es como llaman (o llamaban) en Boquiñeni a las zapatillas de cordones. Para entendernos, las deportivas o bambas. Explicar por qué a esas zapatillas se las llama ‘maripis’ sería tan complicado como si yo tuviera que explicar que, en Mallorca, llamamos ‘patos’ a los zapatos de buceo.

Se me ha vuelto a hacer tarde. Estoy pensando que, como aún me veo en Boquiñeni, me acercaré hasta la plaza, que está aquí al lado, recto y a la derecha según sales de ‘Novedades B’, y me pararé ante el solar que ocupó el Casino Agrícola de mi abuelo. Subiré las escaleras inexistentes de un edificio inexistente y pegaré la oreja por si aún se oyen voces hablando de cómo ha ido hoy la cosecha o a cómo va el kilo de tomate ‘Regresaré a la casa’, que diría Labordeta (sí, otra vez él) y abriré las ventanas ‘pa’ que la limpie el aire.

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