Recoñaimundolastijerastrái.
No es una palabra de otro idioma. Es lo que creí entender a Tía C hace muchos años cuando se dio cuenta de que yo había cogido unas tijeras de algún aparador de la casa. Era un crío y Tía C se alarmó. Habitualmente, en mis primeros viajes a Boquiñeni, era mi abuela la encargada de vigilar y llamarme la atención. Pero aquel día no debía estar. Y fue Tía C la que acudió al rescate con esa frase que dijo toda seguida, de manera muy acelerada y que yo he retenido como una única palabra muy larga que parece de otro idioma. Debió asustarse, por eso dijo ‘recoñaimundo’ o algo así y luego me pidió que le devolviera las tijeras; supongo que para que no me hiciera ‘ningún mal’.
No se si eran unas tijeras de cocina o alguna de las que utilizaba L para sus patrones. L era muy callada (lo sigue siendo) y aquel verano se pasaba los días recortando unos papeles que, como por arte de magia, luego se convertían en faldas y blusas. Eran papeles de calco sobre los que marcaba líneas que luego resaltaba con una tiza de color azul. Después, cogía tela, la cosía a los papeles y, para cuando yo volvía a darme cuenta, ya eran ‘vestidos’ que le estaba probando a alguien. Posiblemente todo fuera más lento de cómo lo estoy contando, pero es que una de las características del Boquiñeni que recuento es que el tiempo pasaba de otra manera: los horarios eran diferentes y nada de lo que pasaba allí tenía que ver con el día a día de una ciudad como Palma. Mi hermana M. me contaba hace poco del corral que compartían las casas de Tía C y Tía L. Se acordaba de que iba a buscar los huevos que habían puesto las gallinas y se acordaba de la oca, que estiraba el cuello y nos perseguía (o encorría), por todo el corral. Imaginad los cambios que todo eso suponía para alguien que venía de la ciudad. Era llegar allí y entrar en una dimensión desconocida. Nada más entrar en casa de Tía C. y mientras mi abuela daba el parte de lo que había pasado desde la última visita, nos íbamos a la cochera en la que esperaban las bicicletas; nos agenciábamos alguna, y a la calle. ‘Sólo hasta la esquina, no vayáis solos al Alto Don Diego, cuidad por los caminos’. No habían terminado las advertencias y ya estábamos pedaleando. Así una vez y otra vez. Era llegar y conquistar la calle.
Soy incapaz de recordar mi primer viaje a Boquiñeni ni los años que tenía. Debía ser muy pequeño, quizá del primer viaje es esa fotografía que estoy mirando ahora y en la que me veo totalmente vestido de domingo, o de fiesta mayor. Apenas llego a la verja de una ventana pero voy con unos zapatos negros que parecen de charol, unos pantalones que se me pegan a las piernas (y que hacen fijarse aún más en los zapatos), una camisa blanca con corbata (las corbatas ya venían con el nudo hecho y se ataban con una goma) y hasta un pañuelo que sobresale del bolsillo de la chaqueta. Vamos, que iba hecho un ‘pimpollo’ el día de la foto. O en ese viaje, si es que no fue el primero, o en otro anterior, me puse enfermo. Respiraba mal, estuve en la clínica de la Facultad de Medicina de Zaragoza (allí teníamos, off course, un pariente médico que luego se haría muy famoso con la historia del aceite de colza) y recomendaron a mi familia un clima como el de Jaca. De Jaca sólo recuerdo un parque por el que paseaban soldados y monjes y a un guardia que tenía muy mal humor. Supongo que por eso me protegía y controlaba tanto mi abuela cuando estábamos en Boquiñeni. Se sentía responsable de mi salud.
He empezado hablando de Tía C., que en realidad era una de las muchas sobrinas de ‘la yaya’, y de la manera en la que pasábamos las horas desde que nos levantábamos hasta que nos acostábamos. Durante algún tiempo fue una de las pocas casas de su calle con televisor y, a partir de determinada hora, el ‘cuarto bajo’ de la casa se llenaba de gente que venía a ver la tele. Había poco para elegir. Veíamos lo que daban por la Primera Cadena (faltaban muchos años para la llegada de los canales privados y las tdts) hasta que sonaba el himno nacional y daban la despedida y cierre. Entonces se encendía la luz (la tele se miraba con la luz apagada) y los vecinos y las vecinas se despedían hasta el día siguiente. El Tío J ocupaba el centro del sofá principal. Antes de cenar se había cambiado la ropa del campo y hacía comentarios en voz alta cuando algo le llamaba la atención. Tío J. siempre se sentaba en el mismo lugar, incluso cuando no había nadie más, y era un experto en darle a la pala de matar moscas. La tenía siempre sobre la mesa bajo la que se guardaban las revistas, o en la mano: mosca que se acercaba, plash, y a otra cosa. Ese ‘cuarto bajo’, que no existía las primeras veces que iba por Boquiñeni, era el de la estantería con los libros. Yo siempre me fijaba mucho (aún lo hago) en los libros que se guardan en las casas. A aquella casa, con la puerta siempre abierta, igual que las demás (todas las casas de Boquiñeni tenían antes de la puerta un toldo que protegía la madera del sol y un agujero por el que se introducía un cordón atado al picaporte interior para poder abrirla desde fuera) y que luego se reformó totalmente, se accedía a través de un patio empedrado y con paredes de las que colgaban enseres de labranza. Durante algún tiempo, también había una cuadra y un caballo, ‘el macho’. Un caballo, un perro, Sigi o así, y muchos gatos que se movían a sus anchas por uno de los cuartos de arriba, una cocina que también hacía de comedor y coronada con un hogar tradicional aragonés, de esos que tanto servían para calantarse a la lumbre como para cocinar. Allí dominaba el color verde. Verde eran las ventanas, los bancos del hogar,que se llaman cadieras si no me equivoco, y verdes eran también las puertas de los dos armarios empotrados. En el más pequeño se guardaba el chocolate. Mi primo P.J era un experto en coger el chocolate de aquel armario. Igual que era un experto en dar un salto desde el suelo y colgarse a la viga que cruzaba de lado a lado el techo de sala de la tele, la sala de la mesa en la que cosía L y la que, por la noche, reunía a quienes se pasaban a ver la televisión. Comíamos en la cocina de las puertas verdes, que era donde se hacía el día a día, sobre todo cuando aún vivía la Abuela I, una de las tres hermanas de mi abuela. Llegué a conocer a dos: I y A. Las dos vestían siempre de negro, de luto riguroso, supongo que desde la muerte de sus maridos hasta su propia muerte. Labordeta, que en este viaje, me está ayudando a hilvanar todo lo que intento contar, con el mismo esmero que ponía L a sus patrones, tiene descrita en una de sus canciones, ‘La vieja’, a las mujeres de la generación de la Abuela I : “Siempre te recuerdo, vieja/ sentada frente al hogar/ acariciando la lumbre/ la cadiera y el pozal”.
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