Han sido sólo unas horas en Boquiñeni, pero ya sabéis que allí el tiempo pasa de otra manera, que a veces las horas son como minutos, que los minutos pueden parecer horas y que hasta los años se mueven a un ritmo diferente. Y que, sólo con evocarlos, van adelante y atrás. Y que, en Boquiñeni, no ya un lugar sino cualquier objeto por pequeño que sea te lleva a un recuerdo. Y que ese recuerdo te abre la puerta de otro y que así hasta el infinito. Y que si eso sucede con los lugares, con los objetos, con los sabores y con los olores, qué no ha de pasar con las personas. Y en este punto es donde se aparece Chonín, en el rincón de las personas. O de las Personas con mayúscula.
He estado sólo unas horas en Boquiñeni, y sé que en las próximas seguiré estando aunque ya no esté, por (y con) Chonín y de eso es de lo que quiero dejar constancia en este buzón que un día llamé Blogquiñeni. Todo pasa y todo queda y por eso sigue Chonín su viaje después de esas horas en que he pegado la oreja a todo lo que, sobre ella, se ha dicho para poder ordenar así mis recuerdos aunque sin añadir, seguramente, nada nuevo a lo que todo el mundo sabe.
No sabría precisar con exactitud de cuándo ni de dónde es mi primer recuerdo de Chonín, si es de Boquiñeni o es de Palma, donde igual estuvo incluso antes de nacer yo. No podré añadir nada que ya no se sepa pero sí podré anotar algunos de mis recuerdos.
Por ejemplo, y ahora eso me parece muy importante después de darle vueltas a todo, que con Chonín -Ascensión Castellot Almau- supe que los cuentos se pueden contar al revés. Qué placer escuchar aquella historia a una edad indeterminada. Aquella de que “Bai Tacirupeca Jarro rop le quebos, ralatra, ralatra” y que “prontode oyo de on sav tracirupeca jodi le bolo”. Me sé toda la historia de Caperucita al revés. Con ella la aprendí.
Y también aprendí que se le puede poner música a todo. Y eso lo saben en la coral Boayén (igual ese nombre corresponde a un modo misterioso o secreto de referirse a Boquiñeni), donde cantó y hoy ha cantado para ella (mi hermana M se ha quedado ahí y me dará detalles) pero antes lo supe yo cuando, en otra edad indeterminada, la oía cantar mientras tocaba la guitarra. Cantaba, tocaba, reía y sonreía. También cuando tenía que decir algo aparentemente serio aunque nada nunca sonara a reproche ni menos a autosuficiencia o intento de dar lecciones de nada. Chonín son todas esas fotografías de momentos con Chonín, momentos de aquí de allí. ¿De aquí y de allí?, ¿y qué más da que sean de aquí o de allí cuando las historias se pueden escribir al revés.
Y Chonín son también los relatos de sus viajes y el entusiasmo con que los contaba: que si aquellas catedrales góticas o románicas, que si aquel retablo, que si la plaza porticada de aquella ciudad interior o que si las montañas de donde fuera. Y también lo es, y se lo he oído recordar a I en las horas que he estado en Boquiñeni, su entusiasmo con las películas del Oeste. Qué más dará, claro, que supiera cómo iban a acabar todas si de todas maneras, como en el cuento de Caperucita, todo puede contarse del derecho y del revés.
Y Chonín es, y con ella entendí, eso que ahora llamamos ‘los cuidados’ y que no es ni debería dejar de ser otra cosa que la solidaridad y la atención. Igual fue porque se pasó buena parte de su vida en la atención hospitalaria o porque ya era antes así. He oído tantas referencias a eso en estas pocas horas que he estado en Boquiñeni que dudo que quede alguien sin saber de la importancia que eso tiene. Y más en estos momentos y en ese mundo de ahí fuera.
Y Chonín, y para terninar, también son las veces que oí comentar a mi abuela o a mi madre que tal cosa o tal otra la había dicho Chonín. Ya fuera la respuesta a un remedio para algo, alguna manera de preparar lo que fuera o simplemente de dejar constancia fiel de cuándo había ocurrido cualquier cosa. Que vamos, que si lo decía Chonín era como si fuera a misa. Que sentaba cátedra vamos. Aunque en ningún momento se lo propusiera.
Chonín Castellot Almau murió el 17 de abril de 2026 pero en Boquiñeni sigue.